Written by P. Carlos Prats. Posted in Cuentos con moraleja.

La devoción a la Virgen María siempre fue para todo cristiano una de las principales fuentes de gracia y alegría. Desde bien pequeños se nos enseñaba a rezarle a María y a pedirle las gracias que necesitáramos, pues sabíamos que ella se preocuparía de obtenerlas de su Hijo para nosotros. No en vano decimos que María es “medianera de todas las gracias”.
El pueblo sencillo siempre encontró en María una aliada para sus necesidades y una consoladora en sus penas. Y es verdad, María, como buena madre siempre está cerca de todo aquél que le invoca. ¡En cuántas ocasiones María consiguió de su Hijo todo lo que quería! Y eso que a veces no estaba en los planes de Cristo; pero los ruegos de María siempre le conmovieron.
Hace unos días leía una sencilla y bella historia que refleja muy bien el cariño que María tiene por todos nosotros. No en vano, su propio Hijo la hizo madre nuestra en el momento de la cruz. Esta historia dice así…
Paseaba Santo Tomás por los jardines del cielo, cuando vio pasar un alma que no resplandecía tanto como las demás... y luego vio otra... y otra más... De inmediato fue a reclamarle a San Pedro.
- Oye, Pedro, ¿por qué andan por ahí algunas almas que luego se ve que no tienen tantas cualidades y virtudes como las demás?
Pedro le contestó:
- Dime por dónde, Tomás
- Por todos lados, indicó.
- Vamos a ver -dijo Pedro-.
Y saliendo de la portería se dirigieron a los jardines. En efecto, por doquier se veían almas que no resplandecían tanto. Sin embargo se veían felices de estar ahí.
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