Domingo III de Cuaresma (A) (8 marzo 2026)

Jesús y la Samaritana (Jn 4: 4-45)
El evangelio de hoy nos cuenta el encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob. Los apóstoles habían ido a un poblado cercano para comprar algo de comida. Jesús, cansado del camino, se quedó junto al brocal del pozo de Jacob.
En esto que llega una mujer samaritana a buscar agua. Eran como las doce del mediodía. Jesús, sediento, le pide agua. La mujer samaritana se extraña de que un judío hable con un samaritano (entre ellos no se hablaban). Para Jesús no hay extraños ni enemigos. Esta mujer era pecadora; pero Jesús se acercó a ella para ayudarle a salir de su pecado.
Jesús le pide a la samaritana agua para calmar la sed y le ofrece a cambio un “agua viva” que le calmará “la sed” para siempre. Pero para poderle dar esa agua viva hay un obstáculo, la mujer vivía en pecado, había tenido cinco maridos, y con el hombre con el que ahora vivía no estaba casada. Jesús se lo hace saber. A través de estas palabras, la mujer le reconoce como profeta. La mujer dice que el pueblo estaba esperando la inminente llegada del Mesías. Jesús le responde diciendo que Él es el Mesías esperado.
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